Solo pude mirar hacia atrás y ya lo tenía encima, notaba su aliento y me asombraba su velocidad. Tanto tiempo preparándome para este momento, tantas horas de sacrificio y todo parecía en vano. Yo sólo suplicaba un poco más de tiempo, unos minutos, pero era inútil. Todos estábamos igual, todos pedíamos lo mismo, pero esas personas eran despiadadas, su semblante no cambiaba, su lealtad era impresionante y su insensibilidad, brutal. A mi alrededor no se oían más que gritos, súplicas y lamentos, pero esas cuatro personas no se inmutaban. Y aún así, había gente a las que no les importaba nada, gente que parecía adormilada, cansada, con otras preocupaciones y no tenían problema en ceder.
Pero al final, por muchas súplicas, los cuatro de atrás terminaron por recoger los exámenes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario